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Las Ray-Ban —sobre todo las Aviator— no provocaban más que bostezos allá por 1986. Y es que todos teníamos un par y, salvo por ligeras variaciones, todas eran iguales. Ninguna destacaba sobre las demás.
Las gafas de sol de color rosa de mi padre, por otro lado, eran algo especial. «Solo con receta», o eso decía él, «directamente de Europa», aunque siempre dudaba de que fuera cierto. Lo que más importaba, sin embargo, era la satisfacción de ponerse esas rarezas.
Contemplar a través de esos cristales la nitidez cristalina de un cielo primaveral tan intenso —junto con el matiz que aún persistía tras la erupción del Monte Santa Helena de 1980— fue algo que nunca había visto antes. El esplendor de aquella primavera de 1986 no tenía parangón… aunque quizá eso tuviera más que ver con mi juventud que con lo que realmente veía.
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La vida —tal y como yo la veía entonces— se veía, en general, a través de un filtro de color rosa. Y así debe ser cuando somos jóvenes. Las aspiraciones llenas de esperanza nos esperaban por delante, no por detrás. Me aseguraba a mí mismo que pronto alcanzaría todos los logros que aún no había conseguido a lo largo de toda una vida.
Desde entonces he aprendido —si somos sinceros— que la vida tiene una especial habilidad para desvanecer los colores, sobre todo en nuestro mundo teñido de rosa.
«Así son las cosas», nos gusta decirnos a nosotros mismos.
Pero afirmaciones como esa socavan silenciosamente el carácter que Cristo está forjando en nosotros y a través de nosotros. ¿No te das cuenta de que, según la providencia de Dios, todo es exactamente como debe ser?
Eso significa que Él, el Señor, siempre velará por nuestro bien. Aunque nosotros no lo veamos.
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Un día, había un hombre ciego sentado en las escaleras de un edificio, con un sombrero a sus pies y un cartel que decía: «Soy ciego, por favor, ayúdenme». Un publicista creativo pasó por allí y se detuvo. Se fijó en que solo había unas pocas monedas en el sombrero.
Preguntó si podía reescribir el cartel.
El hombre asintió.
Esa tarde, el publicista regresó. El sombrero estaba ahora lleno de billetes y monedas.
Cuando el ciego le preguntó qué había escrito, el publicista respondió: «Nada que no fuera cierto. Solo lo expresé de otra manera».
El nuevo cartel decía:
«Hoy es primavera, y no la veo».
El mismo escenario, pero con un objetivo diferente.
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Durante la Segunda Guerra Mundial, un hombre regresó a casa y descubrió que su casa había sido bombardeada.
No quedaba gran cosa: solo escombros esparcidos y fragmentos de cristal roto.
Decidió recoger los fragmentos rojos, azules y dorados, y volver a unirlos en el suelo, encajándolos para formar algo que nadie más podía ver todavía.
En cuestión de unos pocos días, empezó a tomar forma un mosaico de gran belleza.
Su hijo preguntó al fin: «¿Por qué lo estás construyendo aquí abajo?».
El padre respondió: «Lo estoy moldeando y dando forma aquí abajo… para que encaje a la perfección allá arriba».
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Es bueno recordar esta primavera que lo que vivimos en la vida cristiana no siempre es el panorama completo, pero es suficiente para salir adelante.